Mes 18 – Viajar es fatal para los prejuicios…

“Viajar es fatal para el prejuicio, la intolerancia y la estrechez de mente.  Una visión más amplia de las cosas no puede ser adquirida vegetando en una pequeña esquina del mundo durante toda la vida”

¿Cuántas veces leímos la frase: “viajar es perjudicial para los prejuicios” sin entender al 100%?

Lo entendí.

 

Teniendo la suerte de poder estar en constante movimiento, me doy cuenta que, debido a nuestra cultura, religión, sociedad, familia, amigos, medios, crecemos inmersos en una serie de ideas o prejuicios del que muchas veces no somos conscientes. Esto conlleva limitaciones en un montón de situaciones y nos estrecha la manera de percibir y vivir la vida. ¿Cuantas veces estamos en desacuerdo con algo simplemente porque así debe ser, porque nos dicen que así tiene que ser, porque todos los piensan o hacen, sin siquiera tomarnos un momento para buscar razones de peso que lo justifiquen?

Viajar nos enseña a abrirnos de corazón y mente si estamos dispuestos a ello. El llevar tanto tiempo fuera de casa me enseña todos los días cosas nuevas, sobre todo cosas sobre otras culturas, países y grupos de personas.

La vida nos va poniendo donde debemos estar, sobre todo cuando quiere que aprendamos cosas. Y así fue conmigo.

Desde que empecé mi viaje empecé a cruzarme con gente que viene de todas partes del mundo. También así empecé a crear ciertos prejuicios para con algunos grupos en particular. Muchas veces esta opinión estaba influenciada por quienes me rodeaban.

La vida me puso una y otra vez enfrente de estos seres y siempre tuve una idea negativa de ellos. Este prejuicio creo que lo formé durante mi larga mi estadía en la patagonia donde no son bien vistos por todos los problemas que han ocasionado. Esto no me dejaba ver que podía ser diferente en cada caso.

Un año más tarde, como casi sin quererlo, llegué a un hostel, hoy, mi casa. ¿Qué tiene de particular este lugar? Resultó ser que este lugar es el lugar favorito o elegido por muchos de estos grupos. ¿Qué planes tenía la vida conmigo al traerme a un lugar así? Demostrarme que no todos son iguales y derribar mis prejuicios y esa estrechez de mente que había creado alrededor de los ciudadanos de aquel lejano y pequeño país que se encuetra del otro lado del oceano. Me presentó muy lindos y buenos amigos, personas increíbles y totalmente diferentes a lo que yo creía.

Sí, también me puso enfrente de otros que hacían honor a mi prejuicio, pero de esos hay en todos lados y no tiene nada que ver con un solo país o cultura. Aprendí a primero acercarme, intentar conocer y luego opinar. ¡Vamos! los argentinos tampoco somos bien vistos en todos lados y me gusta mucho poder demostrar que no somos todos iguales.

Aprendí que es importante entender por qué esa persona es cómo es, por qué llegó a lo que llegó, por qué actúa de esa manera frente a la vida, por qué reacciona de cierta manera ante ciertas cosas para ya sea vernos reflejados o adquirir una nueva consciencia.

Si, me tuve que tragar ese prejuicio y estoy feliz de haberlo hecho. Hoy puedo verlos con otros ojos. Puedo decir que el estar predispuesta a aceptar, conocer y entender nuevas culturas, a salir de la burbuja o de la caja en la que nos encerramos gracias la sociedad en la que vivimos, me dio la ventaja y el regalo de conocer grandes personas. Como siempre, estoy agradecida a la vida y al universo y toda esa energía positiva que siempre me rodea y me permite crecer y mejorar. Gracias por brindarme la posibilidad de seguir conociendo hermosas personas y de seguir cosechando grandes amistades más allá de las fronteras.

Abramos la mente, terminemos con los prejuicios, conozcamos el mundo y sus diversas culturas, y tal vez podamos llegar a vivir mucho mejor, todos.

 

Anuncios

Mes 15 – Ningún hombre es una isla

Ningún hombre es una isla, recuerdo haber leído alguna vez en filosofía. Hoy entiendo a qué se refiere. Somos seres sociales y siempre vamos a necesitar de socializar y compartir con otros seres. Es la forma en la que aprendemos sobre nosotros, sobre el medio que nos rodea y sobre los otros. Tal vez los que viajamos solos aprendemos a estar más y compartir más con nosotros mismos que otras personas, pero esto no quita que no necesitemos de alguien al lado nuestro.

Aunque muchas veces ese otro solo camine con nosotros y no hablemos, siempre es bienvenido. ¿Cuántas veces ha pasado que luego de una larga caminata, se llega a la cima y te encontrás con esa maravilla de vista? De repente surgen desde adentro esas ganas de gritar o de decir: ¡Loco, mirá donde estamos! Simplemente, a veces tiene que ver con las ganas de poder compartir lo que acabamos de lograr. En mi caso en particular, chica de llanura, subir un cerro, por más bajo que sea, es un gran logro. Tener esa compañía que te alienta a seguir, que te espera para seguir alentándote, créanme, hace la diferencia. Al llegar, poder intercambiar miradas cansadas y sonrisas que buscan renovar el aire,  para luego simplemente sentarse en silencio a contemplar, y por qué no, compartir unos mates, no tiene precio.

Si hay algo que aprendí es que me gusta mucho la soledad. La soledad que no es otra cosa que estar con uno mismo y compartir tiempo con uno mismo para aprender a conocerse. También aprendí que nunca se está mejor acompañado que cuando se viaja solo. Si lo sé, ideas que se contradicen, pero compatibles. Moviéndome sola de un lado a otro de cierto modo me obliga a hacer sociales con completos desconocidos, muchos de los cuales hoy tengo el placer de llamar amigos. Sin darte cuenta terminas rodeado de tanta gente nueva todo el tiempo que hasta parece demasiado o difícil de creer..

Sin embargo, y no lo voy a negar, a veces el viaje se vuelve solitario también y lo sentimos especialmente en esos momentos:

  • Cuando cada uno de esos seres que conoces sigue su camino,
  • Cuando deseas estar compartiendo un momento especial en particular con tus amigos de siempre,
  • Cuando estás enferma y empezás a extrañar la comodidad y el calor de tu propio departamento.

Pero ¿qué se le va a hacer? Todo esto es parte del viaje también. Si todo fuese siempre alegría, felicidad y color de rosa, no sería vida. Si la vida generalmente no es así ¿por qué una vida de viaje sería diferente? Todos los momentos son parte del todo. Por lo menos es como aprendí a verlo.

Más allá de todo, nunca me arrepiento de lo que elijo vivir día a día. Aunque no voy a negarlo, hay días en los que todos necesitamos compañía. Confieso que he dejado de visitar lugares o simplemente no llegué a disfrutarlos por estar sola. Me faltó ese alguien cómplice para la actividad que sea que me estaba proponiendo hacer. Así también mis mejores recuerdos de este largo viaje son momentos compartidos con otros viajeros, o ¿me van a decir que subir solo a las ruinas de Cusco a las 10 de la noche con un par de bebidas se disfruta igual que con un grupo de locos que comparten tus ideas raras de diversión? No.  Después de todo La felicidad solo es real cuando se comparte…

Mes 14: Hoy no todas son buenas

En un año y un mes de viaje jamás me pasó nada malo: no perdí nada, no me robaron nada, nadie me trató mal. Dicen que las cosas negativas no son otra cosa más que lecciones que demos aprender y son parte de la experiencia. Me llegó el momento, me tocó a mí esta vez.

Hace unos días un oportunista aprovechó la oportunidad y se llevó todo el efectivo que había logrado juntar para seguir viaje. También se llevó mi cámara y con ella mis recuerdos.

En un primer momento, me preocupé (me angustié porque me quedé solo con 2 soles en el bolsillo. ¿cómo iba a comer? ¿cómo iba a seguir viaje?) Sin embargo, paré un segundo, me aislé mentalmente de todo el lío de gente que era Puno ese día, respiré profundo un par de veces como buscando un equilibrio nuevamente y lo recordé: las cosas materiales son solo cosas que van y vienen, no es el fin del mundo no tenerlas más conmigo, tal vez ya cumplieron su ciclo en mi vida y así como ese día se fueron, nuevas cosas llegarían. Y así fue.

De la nada una mujer apareció me regaló un tamal para que comiera y me sintiera mejor; después empezamos a vender pulseras e hicimos un buen dinero para el día; viajamos a dedo y la gente nos llevó rápido; llegué a Cusco y me encontré con una persona que me ofreció alojamiento y trabajo para que pueda luego seguir viaje; me encontré con gente que me invitó a desayunar y almorzar; me encontré con mi familia tilcareña, quienes me hicieron compañía cuando estaba sola.

Estoy convencida de que la actitud que elegí tener frente a esta dificultad (la de “no es el fin del mundo”, “es algo pasajero”, “ya está”, “para adelante es mejor”) me ayudó mucho a superar un mal momento y a seguir disfrutando de esto que elijo hacer cada día: vivir una vida nómade.

Al fin comprendí qué es el desapego material y lo lindo que se siente andar así de livianos. Aprendamos a soltar las cosas para poder superarlas y para poder ver rodo lo bueno que nos espera del otro lado. A partir del día que me robaron todo el efectivo con el que contaba para seguir viaje, para mí comenzó un nuevo viaje. Siempre dije que quería ver qué pasaba el día que se me acabase el dinero para viajar, sosteniendo la idea de que encontraría modos para seguir. Y así fue.

El dinero va y viene, lo material va y viene, y yo estoy aprendiendo a fluir conjuntamente con ello. El mejor ejercicio en esta nueva vida que elegí es sin dudas el desapego físico, entendiendo que la vida está en nuestro interior y no en esas cosas que solemos llevar con nosotras de forma innecesaria. Yo me siento libre, liviana, feliz y capaz de hacer cualquier cosa que me proponga. No lo voy a negar, de a ratos me agarran miedos e incertidumbres, pero es cuestión de reflexionar un poco, analizar situaciones y fluir con la energía del universo (sin perdernos a nosotros mismos y lo que es verdadero para nosotros) una actitud positiva, una mente abierta, un corazón con ganas de sentir son claves para superar cualquier dificultad. El dinero no es esencial para viajar, todos tenemos innumerables cantidades de recursos dentro nuestro para volver a generar todo lo que gastemos, perdamos o nos roben.

Hoy, lo que pasó ese lunes por la mañana en la fiesta de la Candelaria no es más que un recuerdo más para el diario de viaje. Elijo quedarme con lo bueno de ese día: la gente que te apoya, te hace compañía y te ayuda, la que te escucha cuando no te sentís bien, la que te hace reir para que olvides el mal momento, la que te da una mano de manera desinteresada, la que te da su amistad sin conocerte y con cada sonrisa y palabra de aliento te abraza el corazón y el alma.

Un nuevo viaje arrancó para mí dentro de este viaje que ya es de por sí la vida misma y lo recibo abierta de mente y corazón. Adelante, adelante siempre es mejor….

Mes 12 – 12 cosas que aprendí en un año de viaje

 

 “Viajar es una brutalidad. Te obliga a confiar en extraños y a perder de vista todo lo que te resulta familiar y confortable de tus amigos y tu casa. Estás todo el tiempo en desequilibrio. Nada es tuyo excepto lo más esencial: el aire, las horas de descanso, los sueños, el mar, el cielo; todas aquellas cosas que tienden hacia lo eterno o hacia lo que imaginamos como tal”. – Cesare Pavese

8760 horas, 365 días, 12 meses, 4 estaciones, 1 año y un día de yapa, el número 366. Todo ese es el tiempo que ya pasó desde el comienzo de este largo viaje por Latinoamérica y hacia mi interior. No voy a negarlo, mientras pienso en lo que voy escribiendo por dentro me recorre cierta mezcla de emociones que no podría describir con palabras. Se me llenan los ojos de lágrimas felices de solo pensar en todo lo que hice en este año.

Cuando salí no me imaginé logrando nada en particular. Salí con incertidumbres de lo que podía pasar; y hoy, 366 días después, aquí estoy: en el norte de Argentina, con música andina y unos sikus sonando a lo lejos, en el cielo: el sol al este y al oeste la luna, con 9900 kilómetros encima y cada día más convencida de que esto es lo que me gusta.

Estos días se cumplió un año también desde mi último día de trabajo formal en la institución que me brindó miles de oportunidades para que me dé cuenta que aquella carrera que había elegido seguir es en verdad mi vocación. También se cumplió un año de mi última participación activa en Rotaract, esa organización que me ayudó a formarme como persona, como profesional y a fortalecer mis ideales y valores. Si bien extraño mucho todo eso, no me arrepiento ni un solo segundo de mi decisión de haberlo dejado todo para seguir adquiriendo experiencias y conocimientos; para seguir buscando oportunidades para seguir creciendo como persona; para seguir coleccionando momentos únicos e irrepetibles, momentos llenos de alegría, de amor y de magia; para seguir conociendo amigos y familias en todos los rincones; para comprender mi sociedad, mi cultura, mi historia y la de otros lugares así como para entender y seguir confirmando la idea de que no existe una sola forma de vivir la vida ni una sola forma de ser mochilero. Existen tantas formas como personas en el mundo.

Llegó fin de año y el tiempo de los balances anuales. Yo también estuve pensando en el mío y mientras reflexionaba un poco llegué a la conclusión de que estas son las 12 cosas que aprendí en 12 meses de viaje.

  1. Aprendí que los extraños son amigos de quienes no sabemos sus nombres todavía.

“Quizás viajar no sea suficiente para prevenir la intolerancia, pero si logra demostrarnos que todas las personas lloran, ríen, comen, se preocupan y mueren, puede entonces introducir la idea de que, si tratamos de entendernos los unos a los otros, quizás hasta nos hagamos amigos” – Maya Angelou

En el camino nos vamos cruzando con personas todo el tiempo y si elegimos confiar nos sorprenderemos con la gran cantidad de amigos que vamos haciendo con el tiempo. Agradezco poder decir que tengo amigos en casi todas las ciudades en las que he estado y porque el camino me enseñó a confiar en todos los seres humanos por igual, algo que hoy parece estar perdiéndose.

  1. Aprendí que, así como las cosas llegan, también se van para que otras lleguen.

Nada hay absoluto.  Todo cambia, todo se mueve, todo revoluciona, todo vuela y se va~

Ya sean las relaciones, las personas, los lugares, la ropa, los objetos, el dinero… todo llega y todo pasa. Siempre tenemos que estar atentos para saber recibirlos. Aprendí que hay que dejar que las cosas fluyan como fluye el agua del río, los días y la vida misma.

Muchas de las personas que llegan a nuestra vida durante el viaje, llegan y se van en el transcurso de un tiempo muy corto, incluso llegan a irse antes de que nos acostumbremos a su presencia. Lo bueno que aprendí es que por más corto o largo que sea el tiempo compartido, lo importante es cuan significativo sea el encuentro.

  1. Aprendí que todo es relativo.

Todo es relativo, dependiendo de la perspectiva o de la persona que lo mire~

Cuando pasas un tiempo largo viajando y te alejas de tu mundo habitual, empezás a ver las cosas con otros ojos y desde otra perspectiva. Así aprendí que lo que antes me parecía importante, hoy ya no es esencial. El ayer y el mañana son solo puntos en nuestra larga vida que muy poco tienen que interesar frente a la importancia que debería tener el presente.

Los problemas que antes representaban el fin del mundo, hoy son solo parte de la experiencia de vida o cosas pasajeras. ¿Llegaste tarde al trabajo? ¿Perdiste la billetera? ¿Te separaste? ¿Te mintieron? ¿Te perdiste? ¿Cambiaron los planes? ¿No tenés ropa nueva para la fiesta? ¿Usas la misma ropa cada dos días? ¿No podés ir a comer sushi todos los fines de semanas? SUPERFICIALIDADES. Yo entendí que verdaderas preocupaciones son no ser capaz de ayudar a alguien, de escuchar a alguien, de amar, de tolerar o de respetar.

  1. Aprendí que no necesitamos todo lo que creemos necesitar.

Hemos construido un sistema que nos persuade a gastar el dinero que no tenemos en cosas que no necesitamos para crear impresiones que no duraran en personas que no nos importan.

No necesitamos comprar ropa nueva todos los días, con lo que tenemos en la mochila es más que suficiente. No necesitamos tanta comida como creemos necesitar; no necesitamos aparentar algo que no somos; no necesitamos estar conectados con las redes sociales todo el tiempo; no necesitamos estar rodeados de personas las 24 h.; no necesitamos tener una casa ni un auto 0km; tampoco necesitamos un Smart TV, Smartphone, smartwatch… necesitamos ser inteligentes nosotros, no los objetos. Básicamente, entendí que no necesitamos todo eso que el mundo del consumo nos ha hecho creer que necesitamos.

Este mundo nos hace creer en necesidades que hoy creo son relativas. Mientras más cosas creamos necesitar más va a pesar la mochila con la que cada ser humano carga. Por eso, aprendí a re direccionar mis prioridades y necesidades.

 

  1. Aprendí que recordamos más los lugares por su gente.

No se trata solo de los lugares sino también de lo que haces allí y de la gente que conoces~

Sin dudas lo que se guarda en nuestra memoria tiene que ver con la gente que se va cruzando en el camino más que con el lugar en sí. Son ellos los que nos permiten vivir las experiencias que vivimos, ya sea el que te saluda en la calle, el chofer de un colectivo, el dueño de un hostel, el que te abre la puerta de su vehículo, el que te abre la puerta de su casa, y ni hablar de aquel que te abre una puerta en su vida. Los recuerdos más vívidos que tengo son algunos paisajes maravillosos, pero sobre todo son sobre la gente que conocí, los momentos que compartí con ellos y lo que me hicieron sentir.

Entendí que el lugar termina siendo como el contexto de una historia, lo que complementa a las diferentes situaciones. Lo mejor de los lugares que visitamos es la cultura que descubrimos y a esa cultura la forman y transmiten las personas que allí viven. Es importante que podamos conectarnos, empaparnos de todo eso que es nuevo para lograr entenderla. Al final del día, el paisaje quedará por siempre en nuestras fotos mientras que la gente se perpetuará en nuestros corazones.

  1. Aprendí que el mundo es un lugar increíble lleno de gente increíble.

“Viajar es descubrir que todos están equivocados sobre los otros países”. – Aldous Huxley

En todo un año junté una gran colección de paisajes indescriptibles tanto en ciudades como ambientes naturales. Todos llenos de una energía especial, de esa que se contagia y se convierte en cosas positivas. Del mismo modo, existe mucha gente maravillosa que solo quiere cosas buenas para el que anda viajando; solo le sale ayudarte y compartir su tiempo con vos.

  1. Aprendí que soy muy afortunada.

“No necesitas suerte, necesitas moverte” ~

¿Qué decir más que eso? Soy muy afortunada por todo lo que estoy viviendo, por lo bien que me está yendo, por poder hacer lo que me gusta y poder elegir el tipo de vida que quiero vivir, porque a pesar de no tener una casa con un domicilio fijo nunca me faltó el techo ni un plato de comida, porque conocí mucha gente llena de magia que aportó grandes cosas a mi vida y me enseñó mucho, porque cuando quise trabajar, pude hacerlo, incluso pude trabajar dando clases que es algo que me encanta, porque pude conocer lugares que nunca antes había visto y ver con otros ojos lugares que ya conocía.

Entendí lo afortunada que soy cuando me senté a hablar con algún extraño que me comentó de sus enormes ganas de hacer lo que yo estoy haciendo e inmediatamente después me contó que jamás había salido de la ciudad en la que se encontraba. Entendí lo afortunada que soy cuando me encontré con personas que lo único que hacen es trabajar y trabajar para pagar deudas y comprar cosas nuevas para tener deudas nuevas quedándose sin tiempo para invertir en convertirse en mejores personas.

  1. Aprendí que soy libre.

Cuando pruebas un poco de libertad, ya no soportas la rutina~

A nadie le debo nada más que a mí misma. A nadie tengo que conformar más que a mí misma. Puedo hacer lo que gusta y estar donde quiera estar sin tener que estar explicándole nada a nadie ni justificando mis acciones. Decido cuando llegar y cuando irme, qué hacer y qué no hacer. No tengo ataduras. Soy libre hasta el punto donde empieza la libertad del otro. No tengo que negociar nada, ni depender de la opinión de nadie más que la mía. Soy libre porque puedo decir lo que pienso y vivir a mi manera sin intentar conformar a nadie. Soy libre porque tengo la capacidad de elegir y comprometerme con lo que siento que es mejor para mí.

  1. Aprendí sobre el desapego.

Si miramos el objeto de nuestro apego con una simplicidad nueva, comprenderemos que no es ese objeto lo que nos hace sufrir, sino el modo en que nos aferramos a él.” Matthieu Ricard~

Nada me pertenece y a nada le pertenezco. Las cosas van y vienen, y hay que aprender a disfrutarlas mientras están y saber soltarlas para recibir nuevas. Eventualmente un día esa persona, ese lugar, ese objeto, esa sensación, ese sentimiento no estarán más por el simple hecho de que, así como llegan las cosas se van. Ser desapegado no es ser frío o cerrado, es una sana elección que debería regir nuestras vidas. Aprendí que el desapego es clave para la autoestima y la autonomía personal, para empezar a responsabilizarnos de nuestras vidas. Los de afuera no tienen la culpa de nada de los que nos pase. Entendí que el desapego me permite ser libre y respetar la libertad del otro lo que conlleva a una confianza profunda en el otro ser. Además, algo importante que entendí sobre el desapego es que nada es eterno y que el hecho de que las cosas dejen de ser parte de nuestra vida, es parte de la vida.

  1. Aprendí a ser valiente.

Ser valiente es animarme siempre a más~

La gente me lo ha dicho hasta el cansancio y empecé a creérmelo. Hay que ser valiente para dejar la zona de confort y adentrarse a lo inseguro y desconocido. En un año de viaje entendí que soy muy valiente y que me animo a muchas cosas que antes no lo hacía. Asimismo, entendí que ser valiente no es sinónimo de no tener miedo y que mi refugio es el aquí y ahora.

  1. Aprendí la importancia de una mente abierta.

La mente es como un paracaídas, solo funciona si se abre” ~

Algo esencial para una persona que pretende vivir de este modo es tener una mente abierta que le permita ser flexible y adaptarse a todo tipo de situaciones. Una mente abierta que no prejuzgue y entienda que el mundo y la gente son mucho más que eso que nos dicen. Una mente abierta nos permite vivir el viaje de manera relajada y nos ayuda a comprender que el mundo es un lugar tan diverso como las personas que existen en él.

Además, el hecho de entrar en contacto con otras culturas y costumbres, y comenzar a vivirlos en primera persona generan cierta fragilidad a nuestras creencias previas y a los criterios con los que crecimos, así como cambios de opinión sobre los lugares que visitamos.  Una mente abierta nos permite ser tolerantes permitiéndonos ponernos en el lugar de la otra persona.

  1. Aprendí que nadie me conoce mejor que yo misma.

Piérdete en el mundo y encuéntrate contigo mismo~

Viajar sola y salir de la zona de confort me regalan autoconocimiento. Aprendí que las limitaciones que creía tener no eran tan verdaderas y que mis capacidades eran muchas más de las que pensaba tener. Aprendí sobre mis miedos, mis emociones, mis sentimientos, las cosas que me gustan y las que no. Aprendí a tolerar muchas cosas y a tener más paciencia. Aprendí que el amor es necesario y que es importante en mi vida como en la de todos. Aprendí a conocer mi cuerpo y lo que le pasa simplemente porque empecé a escucharme a mí misma. Conocernos a nosotros mismos es algo que todos deberíamos hacer, aunque lleva tiempo, es algo que deberíamos practicar constantemente, autoevaluándonos para poder seguir mejorando y evolucionando.

 

Así como enumeré estas cosas, creo que podría seguir nombrando muchas de las cosas que aprendí, entendí y asimilé en un año de viaje, pero creo que perdería un poco el sentido del texto debido a su longitud. Básicamente, y a modo de resumen, aprendí a reconocer la verdadera felicidad, así como lo verdaderamente importante en mi vida y por eso cada día me convenzo más de vivir de este modo: viajando sola, compartiendo con mucha gente todo el tiempo y practicando el nomadismo yendo de un lugar a otro cuando sienta que tenga que hacerlo. Cada día que pasa creo más que nací para esto y que toda mi vida fue una preparación para poder vivir así.

“Algunos dicen que nuestro destino está conectado a la tierra, que es parte de nosotros como nosotros de ella. Otros dicen que el destino esta entre tejido como una tela entrelazando el destino de uno, con el de muchos otros. El destino es aquello que más buscamos y luchamos por cambiar, algunos nunca lo encuentran, pero hay otros que son guiados a él. Algunos dicen que no podemos cambiar nuestra suerte, que el destino no nos pertenece. Pero yo sé que no es cierto. Nuestro destino vive dentro de nosotros. Solo necesitas tener suficiente valor para verlo ~ Valiente

 

Mes 13 . Tilcara

 

Cuando el verano te devuelve el río

y tus noches se enciendan de guitarras,

un cortejo de brillos escondidos

prenderán de tu nombre un pentagrama.

Y desde el verde lampazar nocturno,

un coro anfibio entonará tu nombre.

TILCARA”.

Ya pasó un año y el tiempo sigue corriendo. El viaje sigue presentándome con personas, lugares y experiencias nuevas todo el tiempo. Mientras uno se va moviendo llega a lugares de los que quiere irse al poner un pie, lugares en los que con quedarse un par de días alcanza; y otros, que sin darnos cuenta, nos atrapan de tal modo que no nos dejan irnos y cuatro meses después caemos en la cuenta de que aun estamos en ese lugar al que llegamos pensando que era de paso… palabras más, palabras menos es lo que me sucedió en Tilcara.

El 19 de septiembre, luego de un largo viaje desde Cafayate, llegué a Tilcara con quienes en ese momento eran mis compañeros de viaje. Yo no tenía intenciones de quedarme mucho, ya había pasado una noche es esta ciudad en otro viaje así que no tenía grandes expectativas. Creo que el no tenerlas influyó en mi larga estadía luego.

Día gris, frío y algo lluvioso… lo primero que hicimos fue ir al Pucará ya que era gratis. Recorrimos, nos metimos en las casitas y, fuera de una de ellas, me detuve a sacar una foto de un perrito, que hasta ese momento, parecía desolado y hambriento acurrucado en un rincón. Después de un rato de recorrida, volvimos al pueblo para poder encontrar alojamiento: camping, hostel, casa de familia…todo daba igual. De camino al camping, pasamos a saludar al conocido de uno de los chicos que estaba viajando conmigo. Esta persona era dueña de El Fondito (lugar al que luego iría con frecuencia). Allí nos recomendaron un camping detrás de la terminal. En nuestro camino, vuelvo a encontrarme con ese perro que tanto me había llamado la atención en el Pucará, con esa mirada penetrante como queriendo decirme algo, se paró frente a mí como indicandome a donde tenía que ir: un hostel que estaba ahí no más. Me acerqué a preguntar y finalmente decidimos hacer noche allí. Para mi sorpresa, ese animalito, con el que había sentido una conexión especial, vivía ahí.

Así llegue a hospedarme a un hostel por una noche sin saber todo lo que tenía preparado para mí el destino y ese lugar: Tierra Andina. Al dia siguiente, mientras muchos se fueron de excursión, yo me quedé porque la altura empezaba a hacer su efecto en mí. Asi me llegó la propuesta de realizar una tarea a cambio del valor de la noche ¡un golazo!. Un día, dos días, tres días así…y sin darme cuenta el tiempo empezó a pasar y yo seguía ahí, cada vez haciendo más cosas… oficialmente me convertí en voluntaria del lugar y lo que serían diez días se transformaron en meses. Cada vez veía más lejana la idea de irme. Aunque había dias en los que fuertes sentimientos me decían que era hora de partir, al mismo tiempo algo me frenaba y me convencía de que había mucho más para mí todavía en Tilcara. Y así fue: reencuentros, amigos nuevos, familias, trabajos nuevos, aprendizajes…

Tilcara es esa pequeña ciudad jujeña que se encuentra en el corazón de la Quebrada de Humahuaca, encontrándose a 2400 msnm. Es un pueblo con un mix de culturas que realmente llegó a atrapar mi interés. Las raíces indígenas, las costumbres de la post-conquista, la influencia de los que han llegado desde el centro de Argentina, los cerros de colores, las construcciones de adobe mezcladas con las modernas, los árboles, las calles de adoquines y tierra, los ríos, el Huasamayo, el clima, el mercado, el fondito, el metegol, la gente, los perros, la Tierrita, el Piedritas y Andina también… todo se combina y da vida a ese pequeño lugar del NOA argentino que me robó el corazón. Me enseñó muchas cosas nuevas y a valorar nuestra tradición argentina. Me volvió a reencontrar con todo ese folclore que muchas veces los argentinos negamos. No encontré tanta diversión como ir a lo del Nina a bailar chacarera a las 4 am; no encontré tanta nostalgia como en los sonidos producidos por esas bandas de sikus, quenas y gran variedad de instrumentos andinos. Tengo que admitir que ahora cada vez que escucho algo así se me pone la piel de gallina, cierro mis ojos y simplemente me tele transporto a esas tierras del norte, tierra de colores y cardones.

¿Qué me llevó a quedarme tanto tiempo? No lo sé. El día a día tal vez, las oportunidades que se me fueron presentando de aprender cada día más y experimentar cosas nuevas, el cariño de la gente, la sensación de que Tilcara tenía aún algo más para mí. Así fue todo el tiempo. Creo que el día que todo eso poco a poco dejó de existir, entendí que era hora de seguir viaje, para adentrarme a nuevos caminos, para volver a otros ya conocidos, para conocer personas nuevas para aprender de ellos y también enseñarles, para conocerme a mí en otras circunstancias, para comprender mejor a mi propio ser y para reencontrarme con personas que Tilcara me había presentado, pero está vez en otras tierras, en otros momentos, en otros niveles. Irme para volver a ver a gente que fue parte de mi día a día en esa ciudad del norte y que me brindaran su compañía cuando creía estar sola en una ciudad nueva. La verdad que todo esto no tiene precio.

No es la primera vez que en este largo viaje me sucede algo así. Ya me había atrapado esa pequeña ciudad del sur austral de Chile. Simplemente creo que a veces llegamos a conectarnos con ciertos lugares sin poder explicar el porqué. Lo que puedo decir es que, así como me sucedió con Puerto Natales: llegar sin querer, quedarme, irme sin querer, dejar mucho atrás,  me sucedió con Tilcara. Sin duda alguna un día volvería a esos lugares a vivir un tiempo largo, a establecerme un poco. Pero estoy segura de que hoy no era el momento de ello. Hoy me tocaba seguir adelante nuevamente para poder encontrar más lugares como estos, para seguir enamorándome y seguir haciéndolos parte de mí y yo volverme parte de ellos y simplemente fluir con ellos. Todo esto para seguir recibiendo lo que cada lugar al que este largo viaje me lleva tiene preparado para mí.

Algunos lugares llegan a nosotros sin que los busquemos, algunos lugares llegan para quedarse por siempre en nosotros aunque nosotros sigamos adelante. Yo sigo viaje buscando más de esos lugares, muy consciente de que tiene más que ver con la gente y mi experiencia en ellos que con el lugar en sí.

Podemos creer por un tiempo que llegamos a algunos lugares porque nos llevaron hasta ahí, pero después podemos comenzar a imaginar que tal vez esos lugares nos habían estado buscando para quedarse en nosotros para siempre…

 

 

 

Mes 11 ~ ¿Cómo viajar por mucho tiempo con poco dinero?

Desde que arranqué a viajar, e incluso desde que conté mi idea de hacerlo, muchas personas me preguntaban sobre y demostraban su preocupación con el tema dinero. Varios, al interrogarme sobre mi decisión de viajar por tiempo indeterminado, lo primero que me decían es “Ah, seguro ahorraste mucha plata, por eso yo no lo hago”. Otro de los interrogantes era “¿De dónde vas a sacar tanta plata para viajar tanto?”.

Mi reacción siempre fue una sonrisa complice con significado de “es más sencillo de lo que pensas” o “qué equivocado que estás”. No se necesita mucho dinero para viajar, con lo suficiente para arrancar está bien. Luego, a medida que se va avanzando podemos ir generando lo que necesitamos. También hay formas de ahorrar o de no gastar tanto, hasta incluso hay formas de no usar dinero en lo absoluto. Mucho de todo esto depende del viajero. Todos tenemos recursos para no sufrir la falta de dinero mientras viajamos. Aunque en la mayoría de los casos, eventualmente, terminamos necesitando plata porque por más que queramos salirnos del mundo capitalista y del consumo, el lugar en el que estemos no lo hace.

Ya pasaron 11 meses de este viaje y por suerte cada día es mejor que el primero. Antes de arrancar, vendí todos mis muebles, ropa, calzados y demás cosas que no iba a necesitar mientras viajase. Eso sumado a mi último sueldo del año resultaron en un buen número de ahorros. Compré el equipo necesario para armar mi nueva casa móvil (carpa, bolsa de dormir, parrilla, cámara, netbook, etc.). Todo el dinero restante era mi presupuesto para viajar: transporte, comida y hospedaje. Calculo que el monto era suficiente para un mes o un poquito más. Afortunadamente, puedo decir que hoy, 11 meses después aún puedo contar algo de esos ahorros. ¿Cómo logré ahorrar tanto y viajar casi dos países enteros? Lo hice de la siguiente manera:

  • No hay necesidad de pagar transporte

Cada uno se mueve de un lugar a otro como más le guste, lo importante es moverse. Ahora bien, si la idea es ahorrar hay una excelente forma de viajar que nos permite ahorrar mucho sobre todo en países donde el transporte tiene un costo elevado. Viajar a dedo no solo nos permite ahorrarnos unos pesos, sino que también nos permite conocer la ruta desde otra perspectiva: la de una persona que transita ese lugar casi a diario. Es casi igual a vivir un pequeño viaje a otro mundo dentro del gran viaje: al mundo personal de ese individuo que te abre una puerta en su vehículo y en su vida.

  • No hay necesidad de pagar alojamiento

Hoy en día existen posibilidades para no pagar alojamiento. En primer lugar, todo viajero que tiene planeado viajar por tiempo indeterminado debería cargar con su propia carpa y bolsa de dormir. Eso nos asegura tener una cama y un techo dónde sea que estemos. Tal vez no sea el lugar más cómodo, pero se convertirá en nuestro nuevo hogar y nos dará infinitas oportunidades.

En segundo lugar, Couchsurfing es otra opción para no pagar por alojamiento. Sin embargo, la mejor de las ventajas de esta red social es que nos presenta a otros viajeros y a futuros amigos, de esos que duran para siempre. También, nos ayuda a sentirnos un poco más en casa, recordar el calor de hogar y las reuniones familiares. Cada una de esas personas que abren las puertas de su casa y de su vida para recibir a otros viajeros y ayudarlos a disfrutar de lo que están viviendo, solo buscan lo mejor para uno. Ellos también han viajado y han sido ayudados en su momento, hoy se encuentran del otro lado y buscan retribuir de algún modo. Muchos otros no han tenido la posibilidad de viajar todavía, pero disfrutan de conocer otros mundos y de dar a conocer el suyo.

En tercer lugar, están los voluntariados. Este es un sistema mediante el cual el viajero trabaja algunas horas a cambio de alojamiento solo o alojamiento más comida. Estos trabajos voluntarios se pueden realizar en un montón de lugares, pero los más comunes son los hostels donde los puestos varían: atender la recepción, limpiar, servir desayunos, hacer las camas, pintar, realizar el mantenimiento, ayudar a construir algo, entre tantos otros. Otra opción son las granjas o ecoaldeas donde los trabajos están más relacionados a la construcción sustentable y las huertas orgánicas. Hay que tener presente que siempre alguien necesita lo que nosotros tenemos para ofrecer.  En internet existen un par de sitios web que, al igual que couchsurfing, nos permite encontrar un lugar a donde sea que queramos ir: Worldpackers y Workaway son los más populares.

Por último, siempre existe esa alma buena que nos ve y le nace ayudar por el simple hecho de ayudar. A pesar de que nos digan que hay mucha gente mala ahí afuera, la solidaridad es mucho más grande y está, por suerte, presente en todos lados para quienes sepan recibirla. No nos olvidemos que lo que damos es lo que recibimos en todos sus aspectos.

  • Parar a vivir un lugar y trabajar

Cuando uno elige una vida nómade, no necesariamente tiene que estar moviéndose todos los días a lugares nuevos. A veces parar un poco también está bueno y es parte del viaje. Este parar un poco nos va a permitir adentrarnos mucho más en una cultura y conocer mucho más un lugar. Además, hacer una pausa en ese constante movimiento nos permite encontrar un trabajo temporal para volver a recaudar unos pesos para luego seguir viaje. Pero seguro muchos se preguntarán ¿de qué trabajar?

Las opciones son tantas como se les ocurran. Es tan sencillo como armarse un CV y salir a preguntar. Si están en una ciudad que viva del turismo, siempre hay más posibilidades. Restaurants, cafeterías, bares, tiendas, hostels, agencias de turismo serían algunos de los lugares más populares para buscar un puesto de trabajo. Después, pueden ser otros tipos de trabajos menos convencionales como ser niñeras/niñeros, dar clases, albañilería, pintores, diseño web, traducciones o ejercer algo relacionado a lo que hayan estudiado alguna vez en el caso de haberlo hecho.

Otras opciones posibles para generar los ingresos necesarios o conseguir lo que necesitemos:

  • Producir y vender

Si no te gusta depender de nadie ni seguir horarios, una de las mejores ideas para generar el dinero que necesites es producir lo que sea que sepas producir y venderlo donde sea que estés. Siempre está bueno tener en cuenta qué tan fácil o conveniente será vender eso que vas a producir. Comidas varias, licuados, ensalada de frutas, artesanías, ropa, postales, adornos, tejidos, accesorios en general, cuadros, etc.

Todos aquellos que tengan talento con la música o los malabares en general tienen una forma muy divertida y original de ganarse una moneda para seguir avanzando en el viaje. El teatro callejero, clown o circo son otro gran recurso.

  • Trueque o intercambios

Los trueques o intercambios funcionan del mismo modo que los voluntariados, donde obtenemos aquello que necesitamos y damos lo que el otro necesita. Muchos de los que se dedican a las artesanías, cambiar alguno de sus productos por insumos nuevos para seguir produciendo y luego venderlos. También, sé de gente que intercambia algún producto por verduras, frutas, pan o algo para cocinar. En mi caso en particular, he hecho intercambios de ropa, dejando mi ropa vieja para adquirir nueva.

~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~

Cada vez que alguien me pregunte cómo hago para viajar tanto y no gastar, intentaré explicarles todo esto. Todas las opciones que enumeré aquí son cosas que yo he experimentado y otras que me han comentado gente con la que me he ido cruzando en este largo camino de 336 días. No es algo imposible, es algo que nos enseñan a creer: que por dinero gira el mundo. Sí, es verdad que es necesario para muchas cosas, pero por suerte somos seres llenos de recursos, herramientas, imaginación e iniciativa para salir siempre adelante. Creamos siempre en nosotros mismos y en que podemos hacer todo eso que queremos hacer: Si lo crees, lo creas…

Mes 10 – La madre de una viajera

28270094261_359642a170_zSe alejó tu paso de mi paso,

Y aunque tiembla mi alma día a día

Soy feliz,

Cuando al afianzar tu identidad

Encuentras tu identidad y tu destino.

Te atrajo siempre mirar con nuevos ojos.

Hiciste tuyo el pesar de otras personas

Olvidadas bajo el ondear de sus banderas

¡Adelante viajero de la vida

Sigue el rumbo del sol y de los pájaros!

Tu madre te espera en el regreso

Para estrecharte con un abrazo y con un beso.

Beatriz Catania, enero de 2014*

Hoy es el día de la madre en Argentina y yo estoy lejos de casa otra vez. Esta vez no es como otras, no me quedé trabajando, ni adelantando cosas o poniéndome al día con las obligaciones de un mundo laboral y de estudio. Este año no estoy a 330 km. como otras veces, esta vez son poquito más de 1000 km. que se suman a los casi 10 meses de viaje.

Me imagino que ser madre debe ser difícil, sobre todo cuando se tiene hijos que encuentran disfrute en lo incierto, lo desconocido y las aventuras. Mientras una de las partes viaja y descubre rincones nuevos a cada paso, la otra parte se queda en casa encomendándose a todos los santos, rogándoles que el aventurero pueda hacerse una pausa y se acuerde de mandar una señal. Porque, aunque esté todo bien, la madre siempre se imagina que a su hija/o le están pasando cosas malas.

Siempre intento comprender lo que hay del otro lado, pero al no ser madre se complica. Creo que nunca voy a entenderlo al cien por ciento. Este mes me propuse intentar comprender a ese ser que es a veces tan incomprendido, tratar de vez en cuando dar una señal de vida. El tema es que aprendí a no tener el celular cerca y a no depender ni de internet ni de la tecnología que me olvido. A veces uno está tan compenetrado con el lugar que está conociendo que simplemente se olvida de escribir un mensajito. Madres sépanlo: que el viajero no escriba todos los días no significa que la esté pasando mal, que esté en coma o que lo hayan robado. Simplemente, está disfrutando el momento que le toca vivir en ese mundo nuevo.

Muchas veces me pregunto igual, ¿qué sentirá una madre cuando uno de sus hijos le cuenta que va a dejar la casa para emprender un largo viaje? ¿Qué sentirá una madre cuando su hija le dice que va a renunciar a su trabajo y sus estudios, a vender todos sus muebles y pertenencias para emprender un viaje prácticamente sin fin? A veces intento imaginarme la preparación emocional que tiene que significar dejar volar a ese pequeño ser al que se le enseña a hablar, a comer, a caminar, etc.

Muchos viajeros se enfrentan a sus familias, y hasta terminan discutiendo, porque muchos no llegan a entender semejante decisión. Existe cierto placer por lo incierto y lo poco estable que pocos conocemos y disfrutamos. Hay que saber comprender, también, que nuestras familias han sido criadas de cierto modo y, en muchos casos, esa crianza no les permite comprender el estilo de vida viajero.

Más allá de que mi mamá no ha viajado de esta manera y no compartía mi gusto al principio, nunca se opuso del todo. Con el tiempo, creo, empezó a entender que esto era lo que me gustaba, lo que me hacía feliz y que, irremediablemente, un día me iría lejos por mucho tiempo. Ella comprende que esto es mi libertad y mi vida y que, por lo tanto, soy la encargada de diseña28271973471_40ca7f0c49_zrla a mi manera. Los miedos y preocupaciones deben estar presentes día a día, es lo natural. Sin embargo, uso esa habilidad que me enseñó hace 27 años para recorrer este maravilloso mundo que la naturaleza ha creado. Hay ciertas cosas que simplemente no se pueden evitar: los hijos dejan el hogar algún día ya sea para crear su propio espacio o para recorrer los más diversos lugares y vivir las más diversas culturas.

Yo voy a estar siempre agradecida porque mi decisión de irme, primero a una ciudad nueva y luego al mundo, siempre estuvo apoyada por mi madre. Creo que lo hubiera hecho igual, aunque con apoyo las cosas son más fáciles. Por esto, mi mensaje para todas las madres de viajeros es que, a pesar de que sus preocupaciones tienen que ver con el instinto materno, no tengan miedo de dejar volar a sus pichones. A todos les llega la hora. Nunca repriman en un viajero las ganas de partir porque solo las harán más fuertes. Por el contrario, enséñenle a volar, a irse y a volver para volver a irse. El mundo está hecho para caminarlo, andarlo, viajarlo. Por último, cuando un viajero dice no pasa nada, créanle, no pasa nada, solo puras cosas buenas; y en el caso de que algo malo les pasará es solo parte del aprendizaje que conlleva esta hermosa experiencia de vivir una vida nómade.

 

*http://acrobatadelcamino.com/2014/01/ser-madre-de-un-viajero/

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Mes 9 – Improvisación planeada

LET IT BE, LET IT BE

 

Tanto en la vida cotidiana como cuando se vive viajando, los planes nos ayudan a organizarnos y la improvisación nos llena de sorpresas, así como de incertidumbres. Muchas veces escuché a la gente decir, y yo también he llegado a decirlo, que lo improvisado siempre sale mejor, ¿será así?

A veces nos pasamos toda una semana planeando y organizando un asado con amigos y al final se cae todo. Otras veces nos juntamos a tomar unos mates y ya que estamos lo estiramos y sale una comida o salida improvisada, de esas que quedan para el recuerdo por lo bien que se lo pasa.

En un viaje planeado (saber cuándo llegar, cómo viajar, dónde hospedarse, qué lugares visitar y cuánto tiempo quedarse) es casi imposible pasarla mal. Me atrevo a decir que la diversión está casi garantizada. Yo planeo con frecuencia los viajes y con esto no quiero decir que voy a un all-inclusive donde todo está servido o con mi guía bajo el brazo. Quiero decir que siempre sé que voy a ir a cierta ciudad, el nombre de la persona que me va a hospedar y un estimativo de las horas que me va a llevar llegar a destino, aunque viaje a dedo y me hospede en casa de extraños. Muchas veces también sé porque quiero ir a ese lugar y no a otro. Sin embargo, hay cosas que dentro de este plan quedan libradas al azar: cómo es la persona y la casa que se convertirá en mi hogar por unos días, cuántos autos/camiones me ayudarán a llegar y cuántas horas exactamente me tocará esperar hasta que alguien se ofrezca a llevarme.

La improvisación dentro del viaje es parte de ese “dejarse llevar” o “dejar que todo fluya”. Siguiendo este concepto, dentro de un plan de viaje también he llegado a hacer todo lo opuesto a lo planeado. Salí a la ruta con un rumbo y después, sobre la marcha, cambié de opinión y me fui en dirección contraria con total desconocimiento del camino, de qué comería y de dónde pasaría la noche. ¡Me encanta! Créanme que no saber qué hay ni quién estará al final del recorrido me genera un cosquilleo en el estómago, una incertidumbre que me fascina.

Aunque siendo sincera, creo que no siempre está bueno tanta improvisación y organizar un poco las ideas no mata a nadie ni mucho menos a la espontaneidad con la que se pretende vivir, tampoco te hace ser un “mal” mochilero o te convierte en turista. Casi siempre me dejo llevar, pero con cierto plan. De vez en cuando salgo con un rumbo y después conozco a alguien en el camino y me acoplo un poco a su camino simplemente porque algo dentro me hace pensar que no soy yo cambiando de plan sino el universo llevándome a donde tengo que estar. Con el tiempo solo lo confirmo más: tenía que estar allí para conocer a esas personas y que me pasen esas cosas.

Este mes entendí esto de que las ideas se pueden cambiar todo el tiempo y que en realidad nada pasa porque sí. Como ya lo entiendo un poco más, me animo y lo disfruto. Agradezco a ese algo que me guía y protege todo el tiempo. Si bien a la hora de viajar, y por el hecho de ser precavida, hago un plan (una idea de qué hacer) trato de no olvidarme de improvisar porque ambas cosas son necesarias. Me gusta dejarme sorprender y atrapar por todo eso que está preparado para mí, por todas esas personas hermosas que la vida tiene planeado presentarme. La clave está en no arrepentirse y simplemente dejarlo ser. Con plan o sin plan: que sea lo que tenga que ser y nada más.

IMG_6245a.jpg

Mes 8 – Confieso que me enamoré de Chile

Podemos creer por un tiempo que llegamos a algunos lugares porque nos llevaron hasta ahí, pero después podemos comenzar a imaginar que tal vez esos lugares nos habían estado buscando para quedarse en nosotros para siempre.

“Quiero viajar por Latinoamérica”, dije. “Quiero recorrerlo todo”, repetí. Los meses iban pasando y yo me iba formando la idea de ir recorriendo la patria grande y cada uno de sus países, conocer sus culturas, su historia, su gente, etc.  Sin embargo, cuando arranqué este soñado viaje, tengo que ser honesta, no tuve en cuenta al país trasandino.

En el momento de diseñar o bosquejar el viaje, tenía pensado ir de Ushuaia al norte por la mítica ruta 40. Solo pensaba pasarme por la famosa ciudad de Valparaíso que era algo que no había llegado a hacer en el viaje anterior que me llevó por el norte del país vecino. También tengo que reconocer que antes de arrancar este viaje solo tenía ideas vagas de lo que era Chile. A estas ideas las fui formando gracias a mi paso fugaz de una semana en un viaje mochilero de vacaciones. Otra cosa que sabía era que teníamos que odiarlos porque son unos “traidores”. En Argentina, la historia, de cierto modo, nos enseña a odiar a Chile como nación y por ende a los chilenos.

Una vez que llegué a Ushuaia, la gente empezó a hablarme de lo que había del otro lado. Claro, ellos son muchos más cercanos a las ciudades chilenas que al resto de Argentina. Empezó a generarme cierta curiosidad y terminé yendo sin saber lo que me encontraría. ¡Agradezco tanto haberlo hecho!

A diferencia de lo que creía, conocí lugares increíbles, llenos de magia, bondad, hospitalidad, amistad y amor. La gente hace a los pueblos y esos pueblos a un país. Amo Chile por su gente, y cuando digo su gente me refiero a la que conocí y a la que no conocí también. No me gusta generalizar porque creo que es algo innecesario, salvo cuando es de manera positiva.

Lamentablemente, me he encontrado con personas que aún tienen prejuicios de los países limítrofes porque han tenido una mala experiencia con una o dos personas de estos lugares.  Para todos ellos les deseo que la vida los enfrente siempre a la posibilidad de cambiar esta visión.

Después de haber recorrido casi toda su extensión, me animo a compararlo con mi amada Argentina: un país con todos los climas y paisajes que uno se pueda imaginar, con una gran diversidad cultural, con comidas típicas exquisitas y bailes muy divertidos, con mucho pisco y, mi mayor sorpresa, mucho mate. Un país con gente buena (y con esto no intento hacer alusión a ningún slogan político). Un país que está aprendiendo a unirse para expresar lo que piensa. Un país que ama a los viajeros y los recibe en su seno como una madre que se preocupa porque nada les pase.

Luego de ocho meses de viaje, y de haber pasado seis en Chile, puedo decir que es un país del que me siento parte. Es lo menos que puedo expresar después de maravillarme con sus bosques, lagos, volcanes, cascadas, montañas, glaciares, ciudades, costas coloridas y ese magnífico e infinito mar azul. Tengo una colección de atardeceres en la costa pacífica que llevaré por siempre dentro de mí. Cada lugar que visité representa una fotografía en mi cabeza que no olvidaré jamás.

Me siento orgullosa de poder decir que mi viaje por el país trasandino me hizo cambiar mi forma de pensar; me enseñó a que no hay que prejuzgar; me enseñó sobre historia, política, economía, a valorar mucho más a mi país y lo que tenemos como sociedad; me enseñó la generosidad desinteresada más allá de la nacionalidad, la amabilidad; me dio familias y amigos para siempre a quienes no veré por un tiempo tal vez, pero sé que están muy cerca de mí.

Chile, ese largo país que emerge en el lado oeste de la columna vertebral de Latinoamérica, comparado con muchos otros lugares del mundo viene a ser un lugar mucho más tranquilo y alejado de varios de los males que afectan al mundo actual. No quiero decir con esto que esté exento de problemas internos. Hay problemas sociales, políticos y económicos como en todos lados. Sin embargo, en varias de las ciudades que visité la gente tiene un andar mucho más relajado y amistoso. Para muchos será aburrido porque no tiene la fama que tienen los países europeos o los Estados Unidos. Para mí es un país donde me sentí como en casa; siempre será un rinconcito al cual ansiaré volver y cada vez que escuche ese hablar particular de los chilenos, mi memoria se inundará de recuerdos emotivos. Cuando me pregunten porque me gustó tanto Chile, solo atinaré a responder que vayan para vivirlo en primera persona; que solo podrán entenderme una vez que lo hayan vivido. Chile es lo que quedó afuera del plan, pero que, aparentemente, me andaba buscando; otro lugar que llegó para quedarse por siempre en mí. Amo Chile y no me da vergüenza decirlo, ¿cachai la wea, weon?

 

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

 

 

 

 

Mes 7 – El amor en tiempos de viajes

11800140_10153144015748040_7605442322427173340_n

Tenés razón,

Durante los viajes

Late más fuerte el corazón

 

Mientras viajamos todo se vive con mucha más intensidad. A esto ya lo expliqué muchas veces. Los sentimientos están a flor de piel y por eso cuando algo nos hace felices, nos sentimos mucho más felices que normalmente, así como cuando algo nos duele nos duele mucho más. Del mismo modo, se da con otras cosas: la amistad, el afecto, las ausencias, el cariño, la sensación de familia y el amor. Yo me di cuenta que todo se intensifica aún más cuando viajo sola. No sé cuál será el motivo o qué pasa en el hipotálamo para que ello se de esta manera, pero es así.

Mientras vivimos sumergidos en la vida rutinaria de trabajo y obligaciones, le damos muy poco espacio a los sentimientos. La palabra sentimiento hace referencia tanto al estado de ánimo como a una emoción que lo determina. Es decir, «estado del sujeto caracterizado por la impresión afectiva que le causa determinada persona, animal, cosa, recuerdo o situación en general». Es algo que no se puede negar, que está y nos afecta siempre de alguna manera. Lo que sucede cuando vivimos dentro de la zona de confort es que está todo más controlado y estas emociones o sensaciones son más fáciles de manejar y suprimir en el caso de que así lo deseemos.

Mientras viajamos, no existe forma de distraernos de lo que nos pasa ya que es lo único que tenemos en mente. Por nombrar algunos casos, no tengo que estar pensando en cumplir con ciertas fechas, en que no llego a entregar este trabajo, ni a estudiar para aquel examen, ni que tengo que correr porque me quedé dormida porque estuve toda la noche intentando terminar dicho trabajo o estudiando para el examen, y llego tarde a algún compromiso. En el viaje el único compromiso es conmigo. Mi concentración está en mí y en lo que me sucede con cada paso que hago. Creo que puede ser esto lo que genera que todo sea más fuerte de algún modo.

 

Muchas veces escuché hablar de un tal amor viajero. Él aparece como un personaje recurrente en historias en todas partes del mundo, un personaje que se mueve de un lugar a otro como que si buscara algo que no puede encontrar. Tal vez lo que va buscando en realidad son personas a quienes mostrarles algo, enseñarles algo o simplemente ponerlos a prueba.

El amor en tiempos de viajes puede llegar a ser algo efímero. Suele darse en periodos de tiempos inimaginablemente cortos y terminarse de la misma manera. Muy diferente a la vida cotidiana del común de la gente. Ahora bien, ¿por qué? Simplemente porque se es consciente de que el tiempo es ahora o nunca. Un par de horas de charlas basta para confirmar que hay algo que te atrae de esa persona y no es su físico precisamente. Unos minutos nos lleva descubrir que hay una conexión especial. Tomarse más tiempo muchas veces puede implicar que haya 200 kilómetros de separación en el medio. Y sí, un par de horas alcanzan porque solemos mostrarnos sin tabúes, ni preconceptos frente a estos seres. No hay tiempo para aparentar algo que no somos para poder agradarle más. Después de todo, mostrarnos tal cual somos siempre fue la mejor manera de llegar a las personas. Poder disfrutar de un amor en viajes es una experiencia única e increíble, de las pocas que te permiten realmente vivir y disfrutar del presente, del aquí y ahora que tanto se habla. Nos da igual si dura un día, dos o una semana, siempre vamos a demostrar agradecimiento de poder haber vivido algo así, incluso a la hora de despedirnos de estos amores lo hacemos, por más que haya algunas lágrimas, siempre agradecidos al universo por habernos juntado.

Estas son el tipo de historias de las que tal vez no leamos en los diarios de viaje porque por lo general tiene que ver con la vida privada de cada viajero. El hecho de que como viajeros nos guste compartir historias, emociones, acontecimientos y experiencias a través de un blog o diario de viaje, no significa precisamente que no tengamos vida privada y que no la mantengamos de esa manera. Estas son el tipo de historias que grabamos en la memoria y las vivimos cada vez que las recordamos. Simplemente no vamos a poder sacarlos u olvidarlos porque forman parte de nosotros. Cada vez que me sucede algo así, me gusta seguir en contacto a pesar de la distancia. Un mensaje cada tanto, un chat en Facebook, etc. Simplemente creo que la conexión que logramos con estas personas es única y atesorable más allá de lo que suceda después.

Pensar en amores viajeros sin dudas me trae a la cabeza una trilogía que me encanta y ejemplifica bien este tipo de amores: Before Sunrise, Before Sunset y Before Midnight. Tres películas donde los personajes se conocen y surge esta conexión mágica entre ellos, muestra cómo cambian sus planes para compartir al menos un día juntos y como se despiden con la esperanza de que el universo quiera juntarlos nuevamente algún día. Y sin dudas es así, vemos un ser extraño que por una extraña razón nos llama la atención y no dudamos ni un segundo de compartir con él esa parte nuestra que guardamos bajo siete llaves: nuestro “yo” libre. Esa parte nuestra que se siente libre de las imposiciones sociales, familiares y propias, libre de miedos y corazas autoconstruidas.

Mi pregunta es entonces ¿por qué es tan fácil que se dé de esta manera mientras viajamos y en la vida común no? Simplemente creo que puede ser porque es parte de la aventura que elegimos vivir mientras viajamos. El viaje es una gran aventura constante. Además, en el viaje no existe la posibilidad de postergar, de hacer después lo que podemos hacer hoy. Bah, si podemos, pero tiene consecuencias. En el viaje es más fácil porque solo somos viajeros: no hay etiquetas que nos definan, ni intereses superfluos, estamos en la misma frecuencia. Puede ser también que, así como los sentimientos están más despiertos, también lo está nuestra empatía y así descubrimos que compartimos alegrías y problemas casi metafísicamente. Cuando viajamos las charlas son más reales y más significativas, siempre terminamos hablando del universo, del destino y temas filosóficos; y créanme que nada atrapa más (por lo menos a mí) que poder perder la noción del tiempo con una charla. Por último, creo que el viaje crea el marco perfecto de enamoramiento: llega un punto en el que no sabemos si nos enamoramos de la playa, del mar, del atardecer, del amanecer, de la luna, del sol, de las montañas, de la comida, de lo que probamos por primera vez, de la persona que está junto a nosotros o de todo eso junto.

Los amores en tiempos de viaje son la mejor manera de practicar el desapego. Somos conscientes de que un día hay que partir y que tanto ese lugar como esa persona que tanto nos atrapó quedarán atrás y el camino que nos espera por delante tal vez traigan más experiencias similares. Es como esa frase que leí por ahí: “la gente que conocés de viaje, tarde o temprano se va de viaje”. Siempre llega el día que hay que partir y para ir livianos, hay que soltar. Así es como, volviendo a lo que dije antes, agradecidos al universo por una gran oportunidad de demostrarnos a nosotros mismos que somos seres con sentimientos dentro y que tenemos mucho para dar, partimos sin mirar atrás. El viaje debe continuar, como continúa la vida misma. Creo que no hay que perderse la oportunidad de vivir algo así ya que hacerlo es disfrutar de una libertad plena, muchas veces impensable.

Para ir cerrando el tema, y analizando un poco todo lo que acabo de escribir, que no es otra cosa más que lo que pienso, mi reflexión de este séptimo mes es esa: que hay que decir lo que se quiere y si de verdad se quiere que algo pase, actuar. No todo está en manos del universo y del destino: yo también genero lo que me pasa y si no hago nada, nada pasa. Hay que disfrutar el aquí y el ahora.  Junto con esto, me propongo aprender a comunicar lo que siento, en su debido momento; aprender a querer a alguien y a dejar que ese alguien me quiera; aprender a soltar cuando haya que soltar para ir más liviana. Lo que no comunicamos pesa en la mochila, por eso hay que sacarlo. Yo siempre fui muy cerrada a vivir todo esto y, a modo de evitar complicaciones, escapaba a este tipo de situaciones. Ya no más. Creo que en el dejarme llevar está el dejar ser lo que tenga que ser también y atreverme a experimentar cosas nuevas, emociones nuevas, sentimientos nuevos. Después de todo el viaje es una aventura, la vida es un viaje y el tiempo es hoy, es solo cuestión de atreverse a viajarlo, atreverse a sentir antes que, a pensar, a ver más allá…

Y empezar a dar amor y a recibirlo si estás dispuesto a darlo
Y empezar a ver mejor que están buscando esos seres extraños